Cuando me estiro para descansar por las noches, en el techo, tengo una ventana que me permite vigilar las velas y desde hace unos días también puedo ver un universo infinito de estrellas, sin contaminación lumínica de ningún tipo. He empezado a percibir con sensibilidad lo maravillosa que es nuestra naturaleza a medida que he ido teniendo paz.
Los cinco días que tardamos desde la Bretaña francesa hasta el Cabo de Finisterre los veo como algo oscuro (estaba previsto tres días y tardamos cinco), húmedo, angustioso, donde tenía que hacer esfuerzos para comer, acurrucado junto al timón, mojado y teniendo que dedicar varios minutos para poder engullir cada bocado. Pero mis 15 años de carreras en Africa me habían enseñado a sufrir y a no saltarme algunas normas básicas para sobrevivir. Sabía que tenia que comer y beber porque de lo contrario mis fuerzas llegarían a sus límites y lo de viajar en solitario tiene el inconveniente de no poder dejar la responsabilidad a otro y dormir para recomponerte.
Aquellos días, cada vez que me estiraba húmedo, preocupado por estar en un medio que no dominaba como me hubiera gustado,  pues seis años navegando son poco para afrontar tempestades de 50 nudos, (sólo se consigue la experiencia pasando por ellas) miraba hacía arriba y sólo veía oscuridad y la inquietante visión del agua corriendo y golpeando por encima del barco, evidentemente nada que ver con el cielo que veo ahora. He cogido un par de días de calmas y navego a 5 nudos, con el mar plano, he recuperado el hambre, la ropa se ha secado, he ordenado  y recompuesto mi Dirkou, este espléndido Dufour 40, que me ha protegido como yo sólo se que lo ha hecho y me estiro y cuento las estrellas fugaces. Si esto es el cielo, quiero quedarme.

Ahora puedo entender mejor a Bernard Moitissier un navegante solitario mítico de los años sesenta que participó en la primera regata en solitario alrededor del mundo, sin escalas y sin ayuda y cuando había completado dos terceras partes de su recorrido y al pasar el Cabo de Hornos supo que iba primero, empezó a darse cuenta de que no quería los honores, ni el dinero del premio y que después de siete meses navegando, lo que deseaba era seguir navegando y en medio del Atlántico, dio media vuelta, envió un mensaje a través de un mercante para que a su vez lo enviase a los organizadores diciendo “Abandono, no quiero traicionar mi espíritu” y siguió cinco meses más sin tocar tierra, ni ver persona, hasta Tahiti.

(- Mensaje para mi mujer; “May no te preocupes, volveré a casa, no tengo nada que ver con Moitissier”).

Cuando tienes mucho viento tienes trabajo y cuando no tienes también, esta noche he estado hasta las cuatro levantándome regularmente un par de veces cada hora porque el viento era poco, rolaba y golpeaba las velas, lo que me preocupa porque la delantera está apedazada y es la que tuve que reparar en La Coruña y si no hay viento se golpea con los obenques y se puede volver  rasgar. ¡Pero que gusto da salir en manga corta, temperatura agradable, cielo maravilloso y no mojado, con frío, tiritando, y cayendo cubos de agua encima.!.

Vivo el día y la noche confundidos, puedo responder un mail a las 3 de la mañana y dormir a la una del mediodía, el ritmo me lo marca los acontecimientos. Lo que he notado que debo pensar más todas las maniobras, sobre todo las que entrañan cierto riesgo porque mis reflejos se han visto mermados y cuando, por ejemplo he de poner el spi, debo calcular meticulosamente toda la maniobra. Ayer, como tenía poco viento, tuve la tentación de dejarlo puesto toda la noche, pero es un riesgo porque en cualquier momento entrada el viento de noreste con 20 nudos y eso complicaría arriarlo, pero lo intenté, lo deje y a las 11 de la noche me estiré a descansar un poco, pero no estaba tranquilo, así que no podía conciliar el sueño. Nunca me había puesto a dormir en un barco, navegando sólo y dejando el spi grande puesto poniéndome en manos del destino.

Una ráfaga de viento a la 1 de la madrugada me conveció de que debía arriarlo y entonces pude descansar una hora.

También mi memoria ha mermado y debo apuntarme todo aquellos detalles que necesitaré recuperar después. Supongo que este desorden está afectando a todo mi organismo.

Los océanos Atlántico y del Teneré

Veo muchas similitudes entre el Dakar y la navegación oceánica en solitario. La filosofía del reto individual, de la exploración de tus propios límites, de los espacios abiertos y la enseñanza que te ofrecen estas situaciones en tu formación personal y capacidad de sufrimiento. Lo único diferente está en los aspectos físicos. Ahora me doy cuenta de que el Dakar es muy duro, pero cuando querías te detenías y toda la acción y la acción se detenía. Llegabas a un campamento y esas 3,4 o 6 horas que podías dormir, las dormías, porque nadie te molestaba. En las regatas oceánicas eres parte de una máquina de competición que no se detiene, ni de día, ni de noche y  tu tienes que adaptarte.

En la época del Dakar de Thierry Sabine, recuerdo que nos imponía etapas de 2.300 kms non stop y eso si que era más parecido a las regatas, porque parabas a dormir cuando no podías más, pero el tiempo continuaba contando.

Otro aspecto diferente son la forma de sortear dunas y olas, elementos que físicamente tienen formas parecidas, pero que son totalmente diferentes. Las dunas deben afrontarse de frente, nunca en diagonal, porque es casi imposible que un vehículo vuelque hacia adelante o hacia atrás, sin embargo, las olas, de 8 o 10 metros como las que encontramos en el Golfo de Vizcaya deben superarse en diagonal. Me resulta imposible no pensar en Africa cuando estoy aquí, porque, como soy un navegante atípico, aprendí a navegar en ese continente y no en el mar, en la época en que teníamos que hacer etapas de 1,000 kms por el desierto del Teneré (Níger) o en Mauritania con un compás magnético en la mano y unas cartas, siempre poco precisas. Así supe que en aquellas circunstancias, la experiencia y la intuición eran el mejor complemento de la brújula, cuya principal función era asegurarte que no ibas en sentido contrario.

De hecho, el nombre de mi barco Dirkou es el de un oasis del desierto del Teneré, donde para llegar siempre nos ponían largas etapas de 600 y 800 kms a través de ese inmenso océano de arena, tan extenso como el Estado Español y con tan sólo la ayuda de la brújula. La angustía se dilataba todo el trayecto y cuando veíamos las palmeras de Dirkou en el horizonte, las pulsaciones de mi corazón bajaban 100 pulsaciones y tenía una sensación agradable de serenidad, de paz, de relax que difícilmente puedo describir, la misma sensación que me da navegar con buenas condiciones.

Mientras estoy escribiendo el barco ha ido reduciendo su velocidad y ahora estoy completamente parado, en una calma, calma. Según el GPS la corriente me está haciendo retroceder a razón de casi ¡ 3 kms/h !. Espero que esta situación no dure mucho, porque aunque me queda agua y comida para varios días más.

Desde la latitud 36º44’848N y longitud 013º05’421.

Juan Porcar

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