Son las 6’30 de la mañana, amanece, el Dirkou lleva toda la noche con un fuerte viento de popa plena y ha mantenido una gran velocidad, balanceándose por el empuje de las olas, lo que me ha impedido descansar al tener estar permanentemente corrigiendo rumbo y trimando velas.

Estoy empezando a divisar la isla de Porto Santo. Es una inmensa montaña que emerge del mar y pertenece al archipiélago de Madeira. He decidido dejarla por estribor a unas 10 millas para seguir manteniéndome en aguas profundas con olas grandes, pero nobles, a las que ya me he acostumbrado y evitar la ola corta, imprevisible he incómoda de los lugares con poca profundidad, con esta trayectoria también evitaré el riesgo de quedarme sin viento tras la isla.

A medida que me aproximo, percibo claramente que, después de 12 días de navegar en solitario por el Océano Atlántico, esto se acaba y empieza a apoderarse mi una sensación contradictoria de alegría, por haber llegado al final y otra de tristeza por saber que un momento muy importante en mi vida también llega a su final. Me sucedía lo mismo en el Dakar, cuando antes de afrontar la última etapa por las playas que nos llevaban al Lago Rosa, observaba este mismo océano con la misma sensación de tristeza que tengo ahora, porque algo importante en mi vida se terminaba.

El teléfono móvil, que ha estado silencioso hasta ahora, ha empezado a recibir mensajes, pero no quiero leerlos todavía, los dejaré para cuando todo esto se haya acabado, sólo quiero hacer una llamada a May, mi mujer, que ha vivido todo el recorrido con una gran intensidad e inquietud.

Funchal, una gran acogida.

Han pasado 18 horas desde que cruce la línea de llegada ( 8 agosto , 16 horas ). He dormido profundamente durante una buena parte de la noche, de no haber sido porque estamos en el puerto comercial de Funchal, muy apretados y esta noche los barcos han empezado a chocar unos contra otros y hemos tenido que asegurarlo todo. Uno de mis vecinos, cansado de esta situación porque los obenques y crucetas de su barco, en las ondulaciones, golpeaban contra las de su otro vecino y a las cuatro de la mañana, ha decidido marcharse a navegar a mar abierto; “dormiré mejor en el océano que aquí”, Así son los grandes navegantes, no les agradan ni los puertos, ni las costas, sólo se encuentran seguros en mar abierto.

Poco a poco empiezo a recuperar recuerdos y me preocupo por los otros españoles que están en regata. Javier Ugalde, también ha llegado unas horas después y Eduardo Múgica y Quique González, que van en dobles, mañana. Todos son de Bilbao y llevan toda su vida navegando en ese mar duro, que no admite inexpertos.

Eduardo y Quique, han tenido coraje al tener que hacer casi todo el recorrido con un rizo en la vela mayor, porque llevan la guía doblada en su parte superior. Han sido muy valientes, porque eran conscientes de que podía reproducirse el problema y en un momento quedarse con la vela bloqueada sin posibilidad de reducirla más.

Javier es un héroe, un navegante auténtico al que nada lo doblega. En el viaje desde Bilbao hacia la salida en St Nazaire, rompió el depósito de combustible mientras afrontaba una fuerte marejada de proa y 60 litros de combustible corrieron por todo el barco, hasta que logró neutralizar el problema, no sin pasar por mareos y una gran angustia. Luego en regata reparó su piloto automático, se le estropeó el generador y llegó a la meta sobrándole únicamente ¡5 litros de gasoil!. Sin gasoil no se cargan las baterías y sin baterías toda la electrónica del barco deja de funcionar, incluido el piloto automático.

Todos echamos en falta a Juan Ramón Manzano, el cuarto barco, también de Bilbao, que tras un excelente inicio de regata, chocó contra la barca secundaria de un barco oceanográfico y se vió obligado a retirarse.

Masu venció, pero rozó la tragedia que acabó con Tabarly

En el pantalán he conocido a Philippe Masu, excelente regatista, Campeón de Francia en distintas categorías, de la Solitaire Figaro, de la Transat AG2R, ha vencido en la categoría solitarios y además ha llegado primero por delante de los vencedores en dobles Stéphane Névé y Jan Baptiste L’Ollivier, cosa sorprendente, porque el esfuerzo que debe haber hecho Massu debe haber sido titánico. Ha arriesgado tanto, que un día en mitad del océano, al intentar cambiar un spi que le había explotado, perdió el equilibrio y ¡cayó al agua!. Por suerte en el último instante, pudo cogerse a la driza del spi y ello le salvó pues, a pesar de ser arrastrado, pudo subir de nuevo al barco. Le pregunté porque no llevaba arnés y chaleco y me respondió; “no debo hacerlo más, es un error no llevarlos. Tabarly murió así”. Es cierto, Eric Tabarly, el más grande de los navegantes solitarios franceses de todos los tiempos, llegó a escribir en un libro que un buen profesional no necesitaba esos “artilugios” que impiden trabajar libremente en el barco. Tabarly murió una noche con mal tiempo, en una regata con tripulación cuando estaba en el mástil y un golpe de viento lo proyectó al mar. El compañero que llevaba el timón en aquel momento, ha quedado marcado para siempre por este hecho, porque escuchó como el navegante al caer le gritaba algo que nunca entendió y a pesar de intentarlo durante muchas horas, no lo pudieron recuperar.

Cuando haces un viaje, el cuerpo llega en tiempo presente, pero el alma tarda un poco más y esta vez no ha sido una excepción. Mi alma está llegando con muchos recuerdos que había olvidado, como la noche que Javier Ugalde me llamó muy asustado porque un petrolero iba en su mismo rumbo y a pesar de intentarlo por la emisora y con el proyector de luz nadie respondia, hasta que le paso a 200 mts y me dijo”Juan, todavía me tiemblan las piernas, no puedes imaginar lo enorme que era”.

También he recordado el día que estaba dentro del barco y un frenazo tremendo me proyecto sobre los sacos de velas. Me había enredado en una gran red de pescadores que arrastraban dos grandes peces y me di cuenta que era uno de esos momentos en que me tocaba hacer algo que no me gustaba nada, nada; meterme bajo el casco sin nadie gobernando el barco. Primero intenté subirla al barco pero sólo lo conseguí con una pequeña parte. Antes de tomar la decisión de enfundarme el traje de neopreno y la botella de oxigeno. Decidí hacer una inspección visual, así que me desnude a pelo, me puse el chaleco, fije el arnés a la popa, gafas, cuchillo tipo Rambio y empecé a bajar por la escalerilla pensando “sólo me faltaba esto. ¡que alguien me eche una mano!”. Y “alguien” me ayudó. Cuando intenté separar la red para sumergirme, está se escurrió levemente y pensé que tal vez cortando una parte, la otra quedaría liberada y así fue. Después de una hora y media cortando con paciencia hilo a hilo, la parte que a arrastraba los peces se escurrió suavemente y evite el baño.

Una dedicatoria que sale del corazón

En los próximos días a todos los que hemos participado en esta experiencia iremos recuperando todos los recuerdos que por el momento están perdidos en algún lugar.

La segunda etapa se iniciará en enero y nos llevará hasta La Martinica, pero eso será otra historia…

Hoy he sabido que Jose Luis Ugarte falleció mientras navegábamos. Me ha entristecido y emocionado mucho porque él fue nuestro ejemplo a seguir, nuestro maestro en lo de la navegación en solitario. José Luis participó en muchas pruebas, pero quiero destacar su participación en la Vendee Globe, la vuelta al mundo en solitario, sin escalas, ni apoyo cuando tenía ¡64 años!. Recuerdo que un día le preguntaron;  “¿Qué lee cuando navega?” Y el respondió “Que voy a leer, lo que he leido toda mi vida, libros relacionados con la mar”.

No puedo dedicarle ningún triunfo, no estaba preparado para lograrlo. Lo mejor que puedo dedicarle son estos textos escritos con el corazón, en un barco, sólo y en mitad del océano.

José Luis, no te olvidaremos nunca.

Juan Porcar

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